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Alan Grabinsky 1 Contributor
April 04, 20162 Versions
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Segregación urbana: Asignatura para el Constituyente

Por: Alejandro Encinas Nájera

La promulgación de la primera Constitución de la capital del país tiene que ser el punto de partida de una agenda robusta de acciones públicas por la justicia espacial y el derecho a la ciudad. Debe partir del reconocimiento de que la Ciudad de México es una ciudad de ciudades. Superpuestas y entremezcladas, su expansión ha respondido más a la corrupción y la improvisación que a la planificación. Nuestra urbe aloja profundas desigualdades no solo en la distribución del ingreso entre sus habitantes, sino también en su nivel educativo, inserción laboral y acceso a servicios públicos y urbanos.
Estas desigualdades se incrustan en el paisaje de nuestra ciudad. A cada territorio le corresponde una jerarquía. Basta el cruce de una avenida o un ligero despiste para arribar a una realidad ajena, para pasar de la opulencia consumista de Santa Fe a las barrancas populares de Álvaro Obregón, de la Condechi a la aún no gentrificada colonia Doctores. Solo unos pasos separan el encuentro con un “otro” que prefiere evitarse.
Si la pobreza se despliega por toda la ciudad y no sólo en las periferias o en las ciudades-dormitorio, mientras que las clases acomodadas se concentran en pocas colonias, pero distribuidas igualmente por todas partes, los conceptos centro y periferia resultan inexactos. En realidad, los atributos no geográficos de estos conceptos cohabitan puerta con puerta. La Ciudad de México es un océano de carencias con pequeños archipiélagos de prosperidad que brotan por aquí y por allá. Es coexistencia de mundos aislados, extremadamente desiguales, pero al mismo tiempo tan próximos y cercanos como el vecino del que no sabemos su nombre.
La segregación urbana está conformada por dos dimensiones. La primera es la dimensión objetiva, la cual es causa de que el potencial de desarrollo de una persona siga dependiendo preponderantemente no de sus capacidades y esfuerzo, sino de elementos azarosos: la familia, estrato social y código postal en que le tocó nacer.
La segunda dimensión es la simbólica. Se sostiene de pilares invisibles que habitan en las mentes: La estigmatización social de lugares como Iztapalacra, Santa María la Ratera y Tetrepan, la percepción subjetiva sobre la inseguridad en tales barrios y las valoraciones culturales en la construcción imaginaria del otro y de su hábitat. El sociólogo Pierre Bourdieu señala que la segregación debe entenderse como una realidad multidimensional en donde lo intangible juega un papel crucial, en tanto proceso sutil y enmascarado que naturaliza las desigualdades y nutre la exclusión social.
Sin embargo, la segregación no solo obedece a que los servicios y las experiencias urbanas de la más diversa índole están vedados a la población de la llamada periferia. También se vuelca en contra de los estratos sociales más altos. Hay una suerte de segregación voluntaria, de renuncia a la experiencia de ciudad por parte de los grupos aventajados. Se trata de una predilección por trasladar la existencia a espacios privados sólo accesibles a quienes pueden pagarlos. Es así como la ciudad y sus vialidades se han trazado en función de la satisfacción del modo de vida de una minoría, pero los costes sociales y afectaciones ambientales se han externalizado y todos tenemos que pagarlos.
El shopping mall al cual solo se puede arribar en automóvil a través de vías rápidas que conectan lugares discontinuos, es el monumento culminante de este modelo urbano: la convivencia trasladada al espacio privado, restringido para todo aquel que no pueda consumir. Su correlato son las gated communities, vecindarios exclusivos que levantan barreras y contratan seguridad privada para evitar el contacto con mundos indeseables, espacios que activan en las mentes de sus dueños la fantasía de estatus, seguridad y confort.
En esta aglomeración de vidas segregadas, día con día se escenifica una disputa por la ocupación del espacio físico. Inmobiliarias, constructoras, anuncios espectaculares y automotrices le van ganando la calle –y de calle– al interés ciudadano. El espacio público está quedando reducido a vialidades en las que tripulantes de burbujas de acero y vidrio templado se trasladan de un lugar privado a otro. La ciudad como punto de encuentro de la heterogeneidad está siendo reemplazada por una sucesión interminable de lugares encapsulados que alojan la existencia de individuos aislados; se erosiona la función integradora de la ciudad como tejedora de cohesión social y como el sitio en que todos somos receptores de un trato igual en tanto ciudadanos y no consumidores.
Por todo lo hasta aquí mencionado, el proceso constituyente de la Ciudad de México es una oportunidad inmejorable para impulsar que las políticas públicas y la distribución del presupuesto se planifiquen y ejecuten con una perspectiva territorial. De lo que se trata es de ir cerrando las brechas de desigualdad entre los territorios y de hacer ciudad en la periferia.
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